Argentina enfrenta el desafío de gestionar el agua urbana en un escenario de eventos extremos

Argentina enfrenta el desafío de gestionar el agua urbana en un escenario de eventos extremos

Con más del 90% de la población concentrada en ciudades, la gestión del agua de lluvia se vuelve un eje crítico ante el aumento de inundaciones y pérdidas económicas. Nuevos enfoques proponen pasar de sistemas de evacuación rápida a esquemas que permitan retener, infiltrar y reutilizar el recurso.

En Argentina, la alta urbanización —que supera el 90% de la población— plantea nuevos desafíos en torno al manejo del agua, especialmente frente a lluvias cada vez más intensas y frecuentes. En este contexto, la conmemoración del Día Mundial del Agua instala la necesidad de repensar no solo el acceso al recurso, sino también su gestión en entornos urbanos.

El problema ya no se limita a garantizar el suministro de agua potable. La creciente intensidad de los eventos climáticos pone en evidencia las limitaciones de los sistemas actuales para manejar grandes volúmenes de agua en períodos cortos. Esto se traduce en anegamientos recurrentes, daños a la infraestructura y costos económicos significativos.

Según datos del Banco Mundial, el país pierde cerca de 1.000 millones de dólares anuales como consecuencia de inundaciones, uno de los desastres naturales más frecuentes. Este escenario refleja la necesidad de adaptar las ciudades a nuevas condiciones climáticas.

De la crisis a la “bancarrota hídrica”

El debate global sobre el agua también está evolucionando. Un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas introduce el concepto de “bancarrota hídrica”, una etapa posterior a la crisis en la que los sistemas ya no logran recuperarse por completo.

A diferencia de episodios puntuales de escasez o exceso, este concepto describe una situación estructural donde la presión sobre los recursos supera la capacidad de respuesta de los sistemas naturales y urbanos. En este contexto, el crecimiento de las ciudades no puede pensarse sin considerar los límites que impone la disponibilidad de agua.

Durante décadas, el diseño urbano respondió a un paradigma hidráulico basado en evacuar rápidamente el agua de lluvia mediante redes de drenaje subterráneas. Sin embargo, la expansión de superficies impermeables —como calles asfaltadas, techos y veredas— redujo la capacidad de infiltración natural del suelo y aumentó la carga sobre estas infraestructuras.

El resultado es un sistema cada vez más exigido, que pierde eficacia frente a eventos extremos y deja expuestas a las ciudades a mayores riesgos.

Hacia un nuevo modelo de infraestructura hídrica

Frente a este escenario, especialistas del sector coinciden en que la infraestructura tradicional ya no alcanza para responder a las condiciones actuales. El cambio climático y el crecimiento urbano exigen un enfoque más flexible, capaz de adaptarse a distintos escenarios.

En este sentido, comienzan a ganar terreno los Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS), una alternativa que busca complementar —y en algunos casos reemplazar— las soluciones convencionales. Estos sistemas permiten gestionar el agua de lluvia de manera descentralizada, mediante su captación, almacenamiento e infiltración.

A diferencia del modelo clásico, que prioriza la evacuación rápida, los SUDS incorporan herramientas como reservorios, pavimentos permeables y estructuras subterráneas que regulan el escurrimiento. De esta manera, no solo reducen el riesgo de inundaciones, sino que también contribuyen a recargar acuíferos y mejorar la calidad del agua.

Empresas del sector, como Amanco Wavin, promueven este enfoque integral que combina planificación urbana, tecnología y sostenibilidad para optimizar la gestión del recurso.

Soluciones tecnológicas para ciudades más resilientes

Dentro de este nuevo paradigma, surgen soluciones específicas orientadas a mejorar la eficiencia de los sistemas pluviales. Entre ellas se destacan los sistemas modulares de almacenamiento subterráneo, diseñados para retener el agua de lluvia y liberarla de manera controlada.

Una de estas tecnologías es AquaCell, que permite almacenar grandes volúmenes de agua en estructuras compactas y escalables. Este tipo de soluciones facilita la creación de reservorios urbanos que alivian la carga sobre las redes tradicionales durante tormentas intensas.

Además de reducir el riesgo de anegamientos, estos sistemas aportan beneficios adicionales, como la mejora en la calidad del agua, el impulso a la biodiversidad urbana y una mayor capacidad de adaptación frente al cambio climático.

El uso de materiales reciclados en su fabricación también suma un componente ambiental, alineado con las tendencias globales de economía circular.

Un cambio de paradigma en la gestión del agua

El desafío hacia adelante no es menor. Implica pasar de un modelo que considera al agua de lluvia como un excedente a eliminar, a otro que la reconoce como un recurso estratégico que debe ser gestionado de manera eficiente.

Este cambio de enfoque requiere inversiones, planificación y una visión de largo plazo que integre el desarrollo urbano con la gestión sostenible del agua. En un contexto donde la “bancarrota hídrica” comienza a instalarse como concepto global, las decisiones que se tomen hoy serán determinantes para la resiliencia de las ciudades en las próximas décadas.

La adaptación de la infraestructura urbana aparece así como una condición necesaria para reducir riesgos, proteger activos y garantizar la calidad de vida en entornos cada vez más expuestos a fenómenos climáticos extremos.