
“Si no logramos que los cultivos toleren mejor el cambio climático, vamos a producir menos comida”
La científica argentina Raquel Lía Chan fue distinguida por el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO Por las Mujeres en la Ciencia 2026, que reconoce por primera vez a la biotecnología agrícola. En una entrevista con Gerencia Ambiental, habló sobre el desarrollo de cultivos más tolerantes a sequías e inundaciones, los mitos alrededor de los transgénicos y el impacto del cambio climático sobre la producción de alimentos.
La Fundación L’Oréal y UNESCO anunciaron a las cinco ganadoras internacionales del Premio L’Oréal-UNESCO Por las Mujeres en la Ciencia 2026, que serán homenajeadas el próximo 11 de junio en la sede de la UNESCO en París por sus contribuciones a las ciencias de la vida y del medio ambiente. La edición de este año puso el foco en investigaciones vinculadas a la salud, la genómica, la innovación agrícola y los desafíos ambientales, en un contexto de participación récord: se presentaron 504 candidaturas provenientes de 89 países.
En su 28ª edición, el programa consolidó su alcance global y renovó por otros seis años la alianza entre la Fundación L’Oréal y UNESCO para promover la igualdad de género en el ámbito científico. Desde su creación, la iniciativa ya reconoció a más de 5.000 mujeres científicas en todo el mundo, entre ellas 142 ganadoras internacionales y siete premios Nobel.
En ese marco, la científica argentina Raquel Lía Chan brindó una entrevista a Gerencia Ambiental, en la que habló sobre biotecnología vegetal, cambio climático, transgénicos y el desarrollo de cultivos más tolerantes a condiciones ambientales extremas.
—Felicitaciones por este reconocimiento. Entiendo que no es tanto por un proyecto concreto sino por una trayectoria científica.
—Sí, en principio entiendo que es un reconocimiento general a una trayectoria que incluye distintos hitos y contribuciones a la ciencia. No creo que sea por un proyecto puntual. Y además es la primera vez que el premio internacional de L’Oréal reconoce a la biotecnología agrícola.
—Vos trabajás en biotecnología vegetal y en el desarrollo de cultivos frente al estrés climático.
—Sí, aunque ahí hay una aclaración importante: nosotros hablamos de “tolerancia” y no de “resistencia”. La resistencia implica una respuesta de todo o nada, como pasa por ejemplo con los herbicidas: una planta es resistente o no lo es.
En cambio, el estrés climático es muchísimo más complejo porque depende del suelo, del aire, del clima y además de condiciones que cambian constantemente: cuándo llueve, cuánto tiempo pasan las plantas sin agua, cuánto tiempo permanecen inundadas, etcétera.
Por eso no hablamos de resistencia. No existen plantas resistentes a la falta de agua, porque todos los seres vivos necesitamos agua. Somos entre 70 y 90% agua, dependiendo de la especie y del momento. Entonces hablamos de tolerancia, y tolerancia quiere decir que ciertas plantas pueden soportar más tiempo determinadas condiciones adversas.
Nosotros trabajamos tratando de responder preguntas básicas de la biología: por qué algunas especies vegetales toleran mejor la falta de agua o condiciones climáticas más severas que otras. A partir de ese conocimiento identificamos genes involucrados en esas respuestas y trabajamos sobre cultivos de interés agronómico.
Trabajamos con una planta modelo que es Arabidopsis y también con distintos cultivos. Buscamos desarrollar plantas más tolerantes no solo a la falta de agua —que es el caso más conocido porque ya llegó al mercado— sino también a inundaciones, golpes de calor o golpes de frío. Todos esos factores climáticos afectan muchísimo la producción de alimentos.
—¿Esto se volvió más importante con el cambio climático?
—Los problemas climáticos existieron siempre. Desde el inicio de la agricultura. Las plantas son organismos que no pueden moverse. Los animales migran cuando cambian las temperaturas o cuando falta agua. Las plantas tienen que crecer donde fueron sembradas o donde las dejó el viento.
Entonces tienen que adaptarse. Lo logran, pero producen menos y, si las condiciones son demasiado extremas, terminan muriendo.
Hoy esos fenómenos naturales se ven agravados por el cambio climático. Tenemos sequías extremas, inundaciones, vientos muy fuertes y eventos climáticos cada vez más severos. Todo eso impacta directamente sobre los cultivos.
Nuestro trabajo, como el de muchos otros grupos científicos en el mundo, es tratar de que las plantas toleren períodos más largos o eventos más severos de estrés climático. Porque si no, concretamente, vamos a producir menos comida. Y cuando hay menos comida, los precios suben y el acceso se vuelve más desigual.

La científica argentina Raquel Lía Chan fue distinguida por el Premio Internacional L’Oréal-UNESCO Por las Mujeres en la Ciencia 2026
—¿Cómo explicarías qué son los genes vegetales?
—Todos los seres vivos tenemos información genética. Desde las bacterias hasta las plantas y los seres humanos. El conjunto completo de esa información se llama genoma.
Dentro del genoma hay miles de genes. Los genes son fragmentos de ADN que determinan las características de cada organismo. Cada célula tiene una copia completa del genoma y ahí está toda la información que define cómo somos.
Entre dos personas, más del 90% de los genes son iguales. Los que cambian son los que determinan diferencias no esenciales, como el color de pelo, la altura o el color de piel.
Las plantas también tienen su propio genoma y miles de genes que regulan cómo responden frente al ambiente.
—También hay un acuerdo entre instituciones públicas y Bioceres por la tecnología HB4.
—Sí. Bioceres hizo el escalado productivo y todo el proceso regulatorio. Cuando se trabaja con organismos genéticamente modificados hay regulaciones muy estrictas, tanto en Argentina como en el resto del mundo.
No se trata solamente de trámites burocráticos. Hay que hacer muchísimos ensayos para demostrar que los cultivos modificados son igual de seguros que los originales.
Se hacen ensayos a campo en distintos ambientes para demostrar que no cambian la flora ni la fauna del lugar. También se hacen pruebas de alimentación animal para demostrar que no generan enfermedades, alergias ni otros efectos adversos.
Todo eso lleva muchísimo tiempo y muchísimo dinero. El acuerdo era que Bioceres se encargará de esa etapa a cambio del licenciamiento de la patente y de un porcentaje de las regalías.
Ahora la empresa atraviesa problemas económicos y eso genera dificultades, pero nosotros tenemos otras tecnologías y esperamos poder trabajar también con otras empresas.
—¿Preferís que esos desarrollos queden en el país?
—Sí. Nosotros hacemos ciencia financiada mayoritariamente con dinero público argentino y me gustaría que la tecnología y las ganancias queden en Argentina. Pero si no es posible, antes de que quede guardada en un cajón, obviamente se puede negociar con empresas de otros países.
—En los últimos años crecieron mucho los debates sobre transgénicos.
—Sí, y hay muchos mitos. Los alimentos transgénicos probablemente sean los más controlados y regulados que existen.
Además, muchas veces se habla de alimentos “naturales”, pero prácticamente ninguno de los cultivos actuales es realmente natural. El maíz moderno, por ejemplo, no existía en la naturaleza tal como lo conocemos hoy. Proviene de una planta ancestral llamada teocinte, que era completamente distinta.
Lo mismo pasa con otros cultivos como el brócoli o la coliflor. Son el resultado de miles de años de selección y mejoramiento. Primero mediante cruza y selección, y más recientemente mediante ingeniería genética.
En nuestro caso, por ejemplo, tomamos un gen de girasol y lo incorporamos a soja. No es algo extraño ni monstruoso. Es un gen de una planta en otra planta.
Muchas veces el miedo aparece por desconocimiento. Nosotros hicimos una encuesta hace algunos años preguntando qué era un transgénico y mucha gente respondía cualquier cosa: que era alguien que cambió de género, el nombre de un remedio o una marca de dentífrico.
Eso demuestra que muchas veces se opina sobre algo cuyo significado ni siquiera se conoce.
También hay confusión entre los transgénicos y los problemas asociados al uso incorrecto de ciertos químicos. El problema no es necesariamente el transgénico sino cómo se utilizan determinados herbicidas y el incumplimiento de las regulaciones.
Hay normas muy estrictas sobre cómo deben aplicarse esos productos: distancias respecto de zonas pobladas, condiciones climáticas, controles. Cuando eso no se cumple, el problema no es la tecnología en sí sino la transgresión de las normas.
—¿Hay ejemplos cotidianos de transgénicos?
—Sí. La insulina que utilizan muchísimas personas diabéticas es un transgénico. Es un gen humano introducido en bacterias para que produzcan insulina.
Antes se obtenía del páncreas de cerdo, pero eso generaba más reacciones alérgicas y era mucho más costoso. Gracias a la ingeniería genética hoy se puede producir insulina humana de manera más segura y eficiente.
Eso también es biotecnología: utilizar organismos vivos para producir algo útil para las personas.
—¿Falta divulgación científica?
—Muchísima. Los científicos también tenemos responsabilidad en eso. No divulgamos lo suficiente y muchas veces no hay personas especializadas en traducir estos temas complejos para el público general.
Yo doy charlas en escuelas, clubes y distintos espacios, pero no alcanza. Haría falta más divulgación científica para que la sociedad tenga más información y menos miedo frente a estas tecnologías.

