
“La sustentabilidad dejó de ser un área técnica para convertirse en una decisión de negocio”
A 30 años de su creación, Bodega Trivento consolidó un modelo de gestión donde el desempeño ambiental, el desarrollo social y la competitividad forman parte de una misma estrategia. En diálogo con Gerencia Ambiental, Mercedes Álvarez, gerente de Sustentabilidad de la compañía, explica cómo evolucionó ese proceso y cuáles son los principales desafíos de una industria que busca producir más con un menor impacto sobre los recursos naturales.
Fundada en 1996 en Mendoza, Bodega Trivento celebra tres décadas de crecimiento con un liderazgo que la ubica como la marca de vinos argentinos más vendida del mundo y con presencia en más de 40 países. En paralelo a esa expansión, la empresa fue incorporando la sustentabilidad como uno de los pilares de su estrategia corporativa.
Hoy la compañía cuenta con certificaciones como Empresa B, integra el Pacto Global de Naciones Unidas y avanza hacia su meta de alcanzar la carbono neutralidad neta en 2040 mediante inversiones en energías renovables, eficiencia energética, gestión del agua y economía circular.
En ese recorrido, la creación de una Gerencia de Sustentabilidad marcó un punto de inflexión al incorporar la mirada del triple impacto en las decisiones de negocio.
En diálogo con Gerencia Ambiental, Mercedes Álvarez, gerente de Sustentabilidad de Bodega Trivento, analiza cómo fue ese proceso, el trabajo sobre el uso eficiente del agua, la agricultura regenerativa, la reducción del peso de las botellas y el desafío de involucrar tanto a proveedores como a consumidores en una vitivinicultura cada vez más responsable.
—Hace cuatro años la compañía creó la Gerencia de Sustentabilidad. ¿Qué cambió a partir de esa decisión?
—Fue un paso muy importante porque significó que la sustentabilidad dejara de estar distribuida entre distintas áreas para convertirse en una función estratégica. Históricamente, cuestiones como medio ambiente, calidad o higiene y seguridad dependían de diferentes gerencias. Cuando la compañía entendió que la sustentabilidad había alcanzado un nivel de madurez suficiente, decidió integrarlas bajo una misma conducción.
Eso nos permitió estar presentes en la mesa donde se toman las decisiones estratégicas. Tener ese espacio cambia completamente la dinámica, porque ya no se trata solamente de gestionar indicadores ambientales, sino de incorporar la mirada del triple impacto cada vez que se analiza una inversión, un proyecto o una nueva iniciativa.
Hoy la sustentabilidad atraviesa todas las áreas de la empresa. Además de las cuestiones ambientales, trabajamos muy cerca de Gestión de Personas, Compliance y todas las gerencias operativas porque entendemos que la construcción de valor es transversal.
—¿Qué significa incorporar el triple impacto en la gestión cotidiana?
—Significa que cada decisión ya no puede analizarse únicamente desde el punto de vista económico. Naturalmente el negocio necesita ser rentable, pero también debemos preguntarnos cuál será el impacto ambiental y social de cada proyecto.
Eso requiere un cambio cultural que lleva tiempo. En Trivento venimos trabajando en sustentabilidad desde 2008, pero fue recién en 2018 cuando pasó a formar parte explícita de la estrategia empresarial. Desde entonces comenzamos a medir indicadores ambientales, sociales y de gobernanza con la misma importancia que los indicadores financieros.
Hoy elaboramos reportes de sustentabilidad, medimos nuestra huella de carbono, participamos del Pacto Global y alineamos nuestras acciones con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. También asumimos el compromiso de alcanzar emisiones netas cero hacia 2040.
—Trivento es hoy la marca de vinos argentinos más vendida del mundo. ¿Cómo convive ese crecimiento con las inversiones ambientales?
—Para nosotros no existe contradicción. Nuestra visión es convertirnos en la marca de vinos argentinos más valorada del mundo, y cuando hablamos de valor lo hacemos en un sentido mucho más amplio que la relación precio-calidad.
Queremos que el consumidor valore también todo lo que existe detrás de cada botella: el cuidado del agua, del suelo, la eficiencia energética, la reducción de emisiones y el compromiso con las comunidades donde trabajamos.
Muchas de esas inversiones no se justifican únicamente desde un análisis económico de corto plazo. El agua, por ejemplo, en Mendoza tiene un costo relativamente bajo, pero su valor ambiental es enorme. Por eso invertimos desde hace años en tecnologías que permiten utilizarla de manera mucho más eficiente.
—El agua es uno de los recursos más sensibles para la vitivinicultura mendocina. ¿Cómo trabajan sobre ese aspecto?
—Tenemos alrededor de 1.500 hectáreas propias implantadas y prácticamente la totalidad cuenta con riego por goteo. Esa tecnología representa una inversión muy importante, pero nos permite administrar el recurso con muchísima precisión.
Además contamos con estaciones meteorológicas distribuidas en nuestros viñedos y un equipo técnico especializado que analiza permanentemente las condiciones del suelo, del clima y de la planta para determinar exactamente cuándo y cuánto regar.
Ese sistema de riego de precisión nos permite optimizar el consumo de agua y, al mismo tiempo, generar otra información muy valiosa. Las estaciones meteorológicas también ayudan a identificar las condiciones que favorecen la aparición de determinadas enfermedades, por lo que los tratamientos fitosanitarios dejan de realizarse por calendario y pasan a aplicarse únicamente cuando realmente son necesarios.
—También comenzaron a trabajar sobre agricultura regenerativa. ¿Qué importancia tiene ese proceso?
—Es uno de los grandes desafíos que tenemos por delante. Durante muchos años la preocupación principal estuvo puesta en el agua, algo lógico para una provincia como Mendoza. Sin embargo, hoy entendemos que el suelo también debe ocupar un lugar central.
Estamos incorporando prácticas regenerativas que buscan mantener los suelos cubiertos, aumentar la materia orgánica y mejorar su capacidad para retener agua y capturar carbono.
No es un proceso sencillo porque cada zona productiva presenta características muy diferentes. Tenemos viñedos en el Este, en la zona Centro y en el Valle de Uco, donde las condiciones de los suelos son completamente distintas. Cada uno requiere estrategias específicas.
Lo importante es comprender que el suelo que tenemos hoy será el mismo con el que deberán trabajar las próximas generaciones. Si no lo cuidamos ahora, perderemos servicios ecosistémicos fundamentales.
—La empresa también avanzó en materia energética. ¿Qué proyectos considera más relevantes?
—Uno de los más importantes fue la instalación de nuestra planta solar, que continúa siendo una de las de mayor capacidad dentro de la industria vitivinícola argentina. A eso se suma la compra anual de certificados iREC para neutralizar la totalidad de las emisiones asociadas al consumo de electricidad convencional.
También desarrollamos numerosos programas de eficiencia energética. Permanentemente medimos el consumo por kilo de uva procesada y buscamos reducir ese indicador mediante mejoras tecnológicas y operativas.
La transición energética es un proceso permanente. Siempre aparecen nuevas oportunidades para optimizar consumos y disminuir emisiones.
—Uno de los cambios más visibles para el consumidor fue la reducción del peso de las botellas. ¿Cómo surgió esa iniciativa?
—Fue probablemente uno de los proyectos más complejos que desarrollamos porque involucraba directamente a nuestro principal producto: Trivento Reserve.
Redujimos el peso de esa botella en aproximadamente un 18%, unos 60 gramos, manteniendo la misma estética y la misma percepción de calidad. Eso requirió un trabajo muy importante junto con la cristalería y distintos equipos internos.
Con ese cambio, sumado a otras modificaciones que ya habíamos realizado en diferentes líneas, alcanzamos un promedio de 420 gramos por botella, en línea con el compromiso asumido dentro de la Sustainable Wine Roundtable.
Fue un desafío importante porque cualquier modificación visible genera incertidumbre. El consumidor está acostumbrado a asociar peso con calidad y había que demostrar que el vino seguía siendo exactamente el mismo mientras disminuía significativamente su impacto ambiental.
—¿Cómo comunicaron ese cambio?
—Trabajamos mucho desde la comunicación para explicar qué significa reducir el peso de una botella.
No se trata solamente de disminuir emisiones durante el transporte. Una botella más liviana también requiere menos materias primas para fabricarse, consume menos energía durante su producción y demanda menos agua en distintos procesos industriales.
Aprovechamos distintas campañas y fechas vinculadas con el ambiente para contar esas historias de manera sencilla. Queríamos que el consumidor entendiera que elegir esa botella también implica reducir su propia huella ambiental.
—¿Dónde identifica hoy los mayores impactos ambientales de la actividad?
—Cuando analizamos nuestra huella vemos claramente dos grandes focos. Uno está en el viñedo, principalmente por el uso del suelo y del agua. El otro está en el packaging, especialmente en la botella de vidrio.
Por supuesto seguimos trabajando sobre eficiencia energética porque tenemos capacidad de acción, pero los mayores impactos están allí. Eso obliga a concentrar buena parte de nuestros esfuerzos en esos aspectos.
—Además de sus viñedos propios, Trivento compra uvas a numerosos productores. ¿Cómo incorporan la sustentabilidad en esa relación?
—Tenemos vínculos de muchos años con gran parte de nuestros proveedores y buscamos acompañarlos en ese camino.
Existe un equipo específico que trabaja con ellos durante todo el año. Compartimos buenas prácticas, organizamos capacitaciones, realizamos encuentros técnicos y contamos con un listado de productos que no pueden utilizarse por cuestiones ambientales o de inocuidad.
También identificamos qué productores cuentan con riego por goteo y, en algunos casos, colaboramos mediante adelantos o préstamos para que puedan realizar determinadas inversiones.
Hoy preferimos trabajar desde el acompañamiento antes que desde la imposición. Queremos que comprendan hacia dónde evoluciona la industria y que puedan prepararse para ese escenario.
—Después de tantos años trabajando en estos temas, ¿qué desafío considera prioritario para el futuro?
—Creo que el principal desafío es seguir construyendo cultura. Siempre digo que somos una empresa sustentable que todavía tiene muchísimo por mejorar. Nunca se llega a un punto final. Permanentemente aparecen nuevos conocimientos, nuevas tecnologías y nuevos compromisos.
Lo importante es que dentro de la organización todos compartimos la convicción de que este es el camino. Eso implica seguir capacitando, seguir innovando y seguir incorporando la sustentabilidad como un criterio permanente para la toma de decisiones.
Al final, cuidar el ambiente no es solamente una obligación. Es la mejor manera de garantizar que dentro de muchas décadas sigamos teniendo agua, suelos productivos y recursos para continuar haciendo vino.




