La creciente dependencia de las economías latinoamericanas de los ecosistemas impulsa nuevas oportunidades para el capital privado y las empresas tecnológicas. Con inversiones en monitoreo, restauración y uso eficiente de recursos, la región busca transformar su riqueza natural en proyectos capaces de generar valor económico y ambiental.
Durante el verano europeo de 2026, Allianz España realizó más de 1,2 millones de comunicaciones preventivas a clientes potencialmente expuestos a incendios forestales. Para hacerlo, trabajó con SatellitesonFire, una startup argentina que combina inteligencia artificial y tecnología satelital para detectar focos de incendio y anticipar su evolución. Según la empresa, el sistema permite detectar incendios unos 35 minutos antes, en promedio, que sistemas de referencia como los de la NASA, y advertir a sus clientes cuando sus bienes están cerca de un foco con potencial de propagación.
El caso muestra una conexión cada vez más relevante para las empresas. Anticipar un incendio no sólo contribuye a limitar los daños sobre ecosistemas y comunidades, sino que también ayuda a proteger activos y reducir pérdidas económicas. La naturaleza comienza a comprenderse como parte de la infraestructura sobre la que funciona la economía.
En América Latina y el Caribe, esa dependencia es especialmente significativa. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), más de la mitad del PBI regional depende de los servicios ecosistémicos y alrededor del 19% del empleo corresponde a sectores vinculados a la naturaleza. Los suelos que sostienen la producción de alimentos, el agua que abastece a industrias y centrales hidroeléctricas, los polinizadores que favorecen las cosechas y los bosques que regulan el clima son parte de la base productiva de la región. Cuando esos sistemas se deterioran, también se ponen en riesgo las actividades económicas que dependen de ellos.
El desafío es traducir esa relación en decisiones de inversión. Un estudio conjunto del BID y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estima que la brecha de financiamiento para la biodiversidad en la región asciende a unos US$ 153.000 millones anuales, equivalentes al 2,1% del PBI regional. La cifra refleja la magnitud de los recursos que todavía hacen falta para conservar, restaurar y utilizar los ecosistemas de manera sostenible.
Al mismo tiempo, el capital privado empieza a mostrar un interés creciente en este mercado. El informe Gaining Ground: State of Private Investment in Nature 2026, elaborado por Forest Trends y The Nature Conservancy, estima que la inversión privada anual en actividades vinculadas a la naturaleza pasó de US$ 2.800 millones en 2016 a más de US$ 14.000 millones en 2025, cinco veces más. Además, el 88% de los inversores consultados señaló una relación positiva entre el retorno financiero y el impacto ambiental.
Esto no significa que cualquier proyecto de conservación sea rentable ni que el financiamiento disponible alcance para revertir el deterioro ambiental. Sí muestra que la inversión en naturaleza está ganando espacio en las decisiones de empresas e inversores, con modelos que buscan combinar resultados económicos y ambientales medibles.
América Latina ocupa un lugar relevante en esa tendencia. Entre 2016 y 2025, la región recibió US$ 15.300 millones de inversión privada en naturaleza, lo que la ubicó como el segundo destino global, detrás de Norteamérica. Sus ventajas son conocidas, pero la oportunidad está en cómo aprovecharlas. La región concentra una porción significativa de la biodiversidad y los bosques tropicales del planeta, cuenta con capacidades científicas y productivas y tiene sectores como el agropecuario, el forestal y el alimentario que dependen directamente de los sistemas naturales.
La tecnología puede ayudar a conectar esos activos con oportunidades concretas de negocio. Las herramientas para medir el consumo de agua, monitorear la biodiversidad, verificar resultados ambientales o hacer más eficiente la restauración permiten convertir procesos que antes eran difíciles de cuantificar en proyectos con resultados evaluables y posibilidades de financiamiento.
En el campo de las nature tech, las tecnologías que permiten monitorear, gestionar y restaurar la naturaleza, ya hay empresas de la región que trabajan sobre estos desafíos. Kilimo desarrolla soluciones para mejorar el uso del agua en la agricultura; Ruuts combina tecnología e incentivos de mercado para ampliar la ganadería regenerativa; y Reforest Latam aplica ciencia y automatización a proyectos de reforestación. Desde Antom, el fondo que acompaña a estas empresas, observamos una mayor presencia de proyectos que buscan conectar la actividad productiva con la conservación y la regeneración de los ecosistemas.
El potencial, sin embargo, no se traduce automáticamente en resultados. Para que estas iniciativas crezcan, necesitan compradores dispuestos a incorporar sus soluciones, mecanismos confiables para medir el impacto, capital adecuado a sus plazos de desarrollo y reglas que den previsibilidad a las inversiones. En actividades vinculadas con la naturaleza, los beneficios pueden tardar años en materializarse y no siempre se traducen de inmediato en ingresos para quienes invierten.
La primera Climate Week Argentina, que se realizará del 11 al 14 de noviembre, será una oportunidad para discutir cómo conectar esas capacidades con proyectos, empresas e inversores. Dentro de su agenda tendrá lugar la cuarta Conferencia Climatech Argentina, que coorganizamos desde hace tres años junto a Climatech Argentina y ARCAP, la Asociación Argentina de Capital Privado, Emprendedor y Semilla. La conferencia busca poner en diálogo a quienes desarrollan soluciones tecnológicas para los desafíos ambientales con quienes pueden financiarlas y llevarlas a escala.
Cuando empezamos a impulsar esta conversación, hace algunos años, la relación entre naturaleza y negocios todavía sonaba a contradicción. Hoy, la conexión entre esos términos es cada vez más clara, gracias a que tenemos herramientas para medir, financiar y ejecutar proyectos de restauración. Si desarrollamos cada vez más actividades productivas que regeneren más que destruyan la naturaleza, el crecimiento puede dejar de ser una mala palabra ambiental.
Por Rubén Altman, cofundador de Climatech Argentina y socio director de Antom.
Es cofundador de Climatech Argentina. También es cofundador y socio director de Antom, un fondo de inversión cuya misión es acelerar la transformación hacia una economía regenerativa. Lo hacen mediante el financiamiento y acompañamiento a startups latinoamericanas que trabajan en ciencia y tecnología de impacto ambiental en los verticales de agricultura, alimentos y uso del suelo, y a través de la promoción del ecosistema climatech en la región con iniciativas como la conferencia Climatech Argentina y el newsletter Pulso.
Han apoyado a empresas como Kilimo, SatellitesOnFire, Kigui y ReforestLatam, entre otras.
Ruben es Licenciado en Cs de la Computación de la UBA. Antes de fundar Antom, acumuló una amplia experiencia en el ecosistema tecnológico y de innovación. Fue cofundador de Rootstock, una plataforma blockchain que incorpora funcionalidad de contratos inteligentes a Bitcoin, y Kinetica, una software factory que desarrolla software web y mobile para clientes del exterior. Anteriormente trabajó como arquitecto de software en Argentina y el exterior. Además, se desempeñó como docente en la Escuela ORT y en la Universidad de Buenos Aires.


